sábado, 25, septiembre, 2021
CubaOnLine

Luca, la última producción de Disney y Pixar, cuenta la historia de dos monstruos marinos que se adentran en un pueblo de la Riviera italiana.

Hace tiempo que las películas de Disney dejaron de estar orientadas estrictamente a entretener a los más chicos de la familia. Si bien sigue manteniendo (en gran parte de sus producciones) el formato de dibujos animados, las temáticas tocadas muchas veces pueden escapar al entendimiento del público infantil e incluso suelen contar con guiños dirigidos a los adultos.

Con respecto a Luca, mientras los niños se concentran en la historia de dos monstruos marinos, obsesionados por una moto, que intentan pasar desapercibidos en un pueblo habitado por humanos, los más grandes seguramente quedarán obnubilados por los paisajes de la Riviera italiana.

Es que si bien la película no hace una mención directa a Italia ni muestra siquiera una bandera con los colores del país europeo, los nombres de los personajes, las costumbres, los gestos e incluso la fuerte presencia de las pastas son algunos de los indicios que ubican al espectador en las costas de la Puglia.

Cóctel de atractivos

La Riviera italiana se encuentra entre las franjas costeras más fotografiadas del Mediterráneo. Sus playas, que se despliegan de norte a sur a lo largo de 300 kilómetros de arenas blancas y aguas cristalinas, generan con los particulares pueblos un paisaje inigualable que se transforma en una postal ideal para las fotos de los visitantes.

Portorosso, la ciudad imaginaria en la que transcurre la historia de Luca, Alberto y Giulia (protagonistas de la película) está inspirada en el conjunto de localidades que forman parte de la Riviera italiana, que parecerían estar detenidas en el tiempo y que hace casi 25 años fueron declaradas Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

De esta manera, el film de Disney muestra en sus cien minutos de duración los paisajes, la colorida arquitectura del lugar, la vida en las piazzas, el mercado y el sentido de comunidad que al día de hoy persiste en los pequeños poblados de la región.

Particularmente, la plaza principal de la ciudad ficticia está inspirada en la de Vernazza, así como también los callejones y las escaleras que se pueden apreciar en varias escenas. Además, Portorosso reúne los sitios más característicos de Monterosso (quizás de ahí provenga el nombre). Por otra parte, Manarola, un pueblo que asoma en la punta de la colina, que cuenta con viviendas coloridas aporta la armonía que se puede respirar en cada segundo de película.

Para caminar

Cinque Terre es la franja de ciudades costeras que se erigen a lo largo de escasos kilómetros. Este lugar ya no es el mismo paraíso desconocido que era hace tres o cuatro décadas, pero sigue siendo considerado un lugar sorprendente para relajarse bajo el sol.

El destino cuenta con caminos sinuosos que invitan a los viajeros más aventureros a recorrer sus atractivos, mientras que una línea férrea del siglo XIX, abierta a través de una serie de túneles costeros, permite a los visitantes moverse de pueblo en pueblo para conocer otras localidades.

Una de las experiencias más llamativas que se pueden tener en Cinque Terre es una ruta de trekking. El recorrido más conocido es el Sentiero Azurro (sendero azul), un antiguo camino en forma de herradura que, a través de 12 kilómetros, permite unir los cinco pueblos costeros a pie por medio de un camino estrecho y escarpado.

Otra posibilidad es el Sentiero Rosso, que con 38 kilómetros de recorrido, se presenta como una alternativa un tanto más complicada. El trayecto va de Porto Venere a Levanto y ofrece un desafío a los senderistas más experimentados, que pueden tratar de completarlo en un período de 9 a 12 horas.

Entre el mar y la cultura

De todos los pueblos que componen Cinque Terre, el más amable con los visitantes es Monterosso al Mare, no sólo por ser el más accesible para ingresar en auto, sino también por ser el único que cuenta con una gran playa turística. Ubicado al oeste de la región, es conocido por sus limoneros y se divide en dos barrios: el antiguo y el nuevo. Los mismos están comunicados por un túnel excavado bajo el promontorio de San Cristóforo.

Para quienes quieran descansar de la playa y conocer la cultura local, el atractivo más recomendable es el Convento dei Cappuccine, que se encuentra en lo alto de la colina que separa el casco antiguo del nuevo y que lleva más de 400 años sobre el promontonio. La subida es corta pero empinada y ofrece vistas a la costa, mientras que en el interior de la iglesia es posible apreciar obras de arte sacro, como un cuadro del pintor flamenco Anton van Dyck. Además, el sendero lleva al viajero entre bosques hasta el Santuario di Nostra Signora di Soviore, el más antiguo de Liguria.

Parar para comer

La Riviera italiana no sólo es conocida por sus paisajes, sino también por su gastronomía: anchoas, limones, focaccias y, sobre todo, una salsa verde a la que los productores de Luca le han rendido homenaje: el pesto. Si bien se trata de un condimento típico de la región, ha sabido surcar el océano para instalarse en muchas casas argentinas durante los mediodías dominicales.

Al visitar Génova, es imposible resistir a la tentación de probar el pesto con sello local. Hecha a base de albahaca, piñones, aceite de oliva y, a veces, ajo, su preparación ha sido mejorada con el pasar de las generaciones. Otra de las tradiciones gastronómicas locales es comer en los puestos callejeros que ofrecen focaccias de todo tipo, como la clásica alla genovese, un sencillo pan sin levadura al horno con sal y aceite de oliva; la col formaggio; que cuenta con queso suave; o bien la sardenara, una especie de pizza con tomate, cebolla, alcaparras y sardinas. Además, al ser una zona portuaria, en la calle es posible encontrar delicias como los cucuruchos de pescado frito, calamares o pulpo.

En dos ruedas

El motivo que moviliza a Luca y a Alberto a inmiscuirse entre los humanos es la fuerte obsesión por el medio de transporte más característico de Italia: la vespa. Esta moto es un ícono atemporal que ha sabido resistir al paso del tiempo y mantenerse vigente dentro del país.

Fue casualmente el cine el responsable de posicionarla como una marca registrada italiana durante la posguerra, a través de numerosas apariciones en películas, pero particularmente en Vacaciones en Roma, de William Wyler, en la que los dos protagonistas se pasean por Roma en una vespa blanca. Esta escena se transformó tiempo después en un ícono publicitario para la empresa productora.

Actualmente, cualquier turista que llega a tierras italianas se sumerge en la irrefrenable necesidad de alquilar este particular vehículo, aunque sea por un día, para recorrer los atractivos turísticos del destino. Incluso, los propios habitantes suelen participar en los encuentros dedicados a la Vespa y aprovechan para viajar por Italia, especialmente en verano. En ese sentido, recorrer las carreteras secundarias, complementadas por los distintos paisajes se convierte en una experiencia única para propios y extraños.