miércoles, 28, octubre, 2020

En medio de la cuarentena, Eber Ludueña habló con Mensajero Plus sobre sus experiencias de viajes y rememoró las mejores anécdotas que protagonizó como jugador.

Eber Carlos Ludueña nació un viernes 4 de abril (mes 4) en Pavón Arriba (Santa Fe). De pequeño quería ser astronauta, pero por las dudas comenzó a prepararse para ser oficial fresador. Aprendió nociones básicas de soldadura autógena, hasta que un día fue convocado por el director técnico de la escuela industrial para integrar el equipo de fútbol del curso. Es del signo Aries y “Perro de Madera” en el horóscopo chino. Está separado y tiene un hijo (Eber Vicente). Su cábala es apagar el cigarrillo antes de entrar a la cancha. Le gusta ir de vacaciones a Los Cocos, usar perfume Crandall y comer arroz con menudos. Su hobby es imitar al Hombre de la Atlántida y su ídolo es “El Ancho” Rubén Peucelle. Le gusta escuchar música de Abba, José Luis Perales, Manuel Mijares y Franco De Vita. Lo apasiona leer especialmente el capítulo destinado a “Encendido y carburación” del libro “Mecánica del automotor” de Merli.

¿En qué momento de tu vida estás?
Estoy en un parate total, como les pasa a todos. Es bastante complicado, pero en algún punto mi experiencia deportiva me ayudó. He vivido largos estancamientos que han obedecido a otros motivos, como no encajar con el gusto del entrenador, atravesar largas suspensiones por juego brusco o no estar en forma para la práctica deportiva, entre otros.

Cuarentena, aislamiento social, y la consigna de quedarse en casa. ¿En qué porcentaje estás físicamente?
No estaba en buen estado cuando arrancó la cuarentena, y he mermado en la parte física por la ansiedad nerviosa que produce el aislamiento. De todas maneras, confieso que tomé ciertos recaudos. Escondí los dulces y le puse candado a la heladera con una combinación de seis dígitos para complicar la apertura, más que nada porque llega un punto en el que tanto dulce de batata me desgasta. Llegué a considerar electrificar la panera, para sentir un cosquilleo liviano con un boyerito de 12 voltios, 220 me parecía una barbaridad. Es necesario recapacitar cada vez que “ataco” un pancito francés para recalentar.

¿Cuál es el look que adoptó Eber Ludueña para atravesar este momento?
La vestimenta ideal para esta cuarentena es muy relajada. Mantengo mi bigote ítalo-bonaerense y mi melena cuidada con savia vegetal. Mi uniforme deportivo estaba un poquito en desuso, precisamente porque he relajado ciertas normas de etiqueta. Y por supuesto, no me pueden faltar mis Sacachispas, aunque no estoy usando botines en casa acá, en Tapiales. En primera instancia por la peligrosidad: los tapones son como jabones en un mosaico, en un cerámico encerado. En segundo lugar, porque rayo los pisos. Esto puede generar diferencias irreconciliables y consecuencias severas con Olga.

¿Cómo está tu hijo Eber Vicente? ¿Se pudieron reconciliar?
Está pupilo en Pergamino. Hay cierta distancia, pero tenemos contacto permanente por SMS, a través de los mensajes de texto. Me dio una gran alegría cuando participó de mi cumpleaños virtual, el 4/4, en el que también estuvieron Silvia Peyrou, Marcelo Toscanelli, “El Tano” Pernía (mi ídolo) y Ernesto Cherquis Bialo, quien me invitó a Johannesburg. Otros invitados sorpresa fueron “El Turco” García y mi inseparable amigo Osvaldo.

Ya que mencionás a tu hijo, él nació en Mar del Plata, un verdadero ícono del turismo. ¿Por qué decidieron con Mabel tenerlo allá? ¿Qué les gustó de “La Feliz”?
Como toda situación delicada, tiene una parte arbitraria, porque normalmente uno no puede programar tanto el nacimiento de un hijo. Nos habíamos ido de vacaciones y finalmente se extendieron. Yo estaba de pretemporada, y sabía que Mabel disfrutaba mucho de las playas y los paseos nocturnos, con esa brisa fresca que corre a la noche. Recuerdo los alfajores, ¡y las rabas! Era un paraíso. Finalmente se adelantó el parto, y terminé teniendo un hijo marplatense. Me alegra mucho que así sea, porque Mar del Plata es una ciudad que siempre me trató muy bien.

En tu biografía dijiste que Mabel tenía ciertos “caprichos”, como llenar la bañera con soda. “Fueron años de derroche, de vida loca”, afirmaste en aquel entonces. ¿Qué otros gustitos se pudieron dar en relación a los viajes y el turismo?
Fueron años de caprichos y de locura total. (Piensa). Recuerdo que Mabel llenaba la bañera con soda, porque ella había visto que Mariana Nannis se duchaba con agua mineral y quiso superarla, levantar la vara. A mí me venía fallando el GNC, porque se había tapado una manguerita, y teníamos programado un viaje a Merlo (San Luis). Decidimos dejar de lado eso y lo pasamos a nafta. Ese auto tenía un motor nervioso, comía como loco… Era una familia paralela. Es la primera vez que lo cuento. Fuimos a visitar unos parientes de Olga, y no toqué el GNC.

¿Cómo fue tu luna de miel en San Antonio de Areco?
Costó muchísimas horas de viaje. Sacamos cuentas y fue el equivalente de haber ido a Minnesota. Fuimos en un colectivo que frenaba en todas las localidades. Cuando llegamos ya queríamos volver. Con el tiempo, y pensándolo bien, creo que exageramos un poco con el equipaje. Hicimos mucho hincapié en las costumbres de nuestros abuelos. Llevamos termos con jugo, con agua caliente para el mate y para el café, tuppers con minutas, bolsos con comida producida y un nebulizador. Creo que la carpa estuvo demás, pero éramos jóvenes y no existía el sobrepeso en las valijas. La foto de Mabel parada, en la palma de mi mano y yo en la de ella, aún la conservo.

¿Cómo sigue tu vínculo con Silvia Peyrou?
Somos amigos, algo distantes. Cada tanto nos mandamos mensajes de texto para los cumpleaños, pero no mucho más.

Los festivales son grandes íconos del turismo en el país, y vos tuviste la chance de ser locutor. ¿Qué recordás de esa experiencia?
“La Fiesta del Ferroviario” en Laguna Paiva, los pagos del gran “Negro” Altamirano. Fue una noche accidentada, con mucho calor, y una fuerte y desigual lucha contra los mosquitos y los insectos que estaban en los reflectores, arriba del micrófono. Recuerdo que tuve que pedir hacer la transmisión desde otro lugar porque venían tábanos del tamaño de un dron. Las chicharras tapaban al número de folclore, no exagero. Pero el papelón más grande lo pasé cuando la locutora pronunció la patente de un auto que estaba mal estacionado. Era el mío, así que me hice el desentendido y vi desde el escenario cómo se lo llevaba la grúa. Igual tuve suerte, porque el intendente me abrió el galpón después de la fiesta. El segundo papelón fue de comedido. Por dar una mano en el buffet puse las cassatas en el mismo freezer de las sidras. Esa noche perdí mucha plata.

Olavarría, Pergamino, Santa Fe, Rosario y Salta fueron algunas de las ciudades a las que más veces viajaste. ¿Pudiste recorrerlas?
Siempre hago turismo y me encanta, porque además de conocer puedo colaborar con la reactivación del mercado interno. Dejo “la viva” en el lugar, freno en los ruteros, me compro escabeches, pickles, torta rusa, durazno con piripipí, chimis, algún salamín para regalar, un kilito de miel. Una vez que estoy instalado me gusta recorrer o ir al camping municipal típico de cada región. Los sábados voy al centro, así que trato de conservar la folletería de los lugares que visito, o aprovecho para salir a pasear por la costanera con la cámara de fotos. Siempre me traigo recuerdos: piedras, llavero con colita rutera, y por supuesto, alfajores. Por lo general termino comiendo los de fruta porque son los únicos que me dejan. No veo la hora que mi hijo Eber Vicente se independice así ligo uno de chocolate o uno de dulce de leche.

¿Qué significa viajar para vos?
Salir, conocer, ver hasta dónde me reconocen y si aún se acuerdan de mí. Una vez en Saliqueló me pidieron una foto y me sorprendí. “¿Acá me conocen?”, pensé. Si yo nunca jugué en el Club Social y Deportivo Cecil A. Roberts. Además, no te olvides que yo soy de una época donde no existía Internet y que yo sepa en Encarta nunca salí. Me puso feliz ese pedido de foto, y por suerte ¡la saqué bien! Nadie salió con los ojos cerrados, ni con esa tonalidad roja diabólica. No puse el dedo en el flash ni le corté la cara a ningún integrante de esa familia.

¿Cómo catalogás a nuestro país a nivel turístico?
Es ideal. En Argentina tenemos todos los paisajes y climas hasta en un solo día. He visitado El Litoral, y a la mañana hace frío, al mediodía calor, durante la siesta llueve y a la tarde vuelve a subir la temperatura.

¿Cuál fue tu primer viaje?
A Carlos Paz de fin de curso. Recuerdo que perdí la cámara de fotos en la excursión del lago donde se bebe un sorbito de agua y se pide un deseo. ¡Y eso que mis viejos me habían dado la expresa recomendación que no la saque del hotel! Se me soltó la cuerda y la extravié. Cambié el deseo de jugar un mundial por encontrar una cámara. Por suerte, unos años después, el fútbol me dio la posibilidad de adquirir una nueva, una Minolta con flash, un verdadero “maquinón”. Se la compré al cuñado de Recupero que tenía un contacto viajero que traía artículos de tecnología de Uruguayana. Por suerte me salió buena, viste que eso era medio una lotería. Hubo compañeros de plantel que compraron videocaseteras y adentro tenían todas las plaquetas sulfatadas. Incluso Timoteo le compró un estéreo al Valiant y sonaba tan fulero que ponías un cassette de Alejandro Lerner y parecía una banda heavy metal.

¿Qué lugares soñabas conocer cuando eras chico?
Las canchas del fútbol europeo. La del Barcelona, esa alfombra, ese césped perfecto, cortito. Nada que ver a las de acá. He llegado a jugar con el pasto más alto que el campo de la casa de Gladiador, cuando el protagonista vuelve para reunirse con su familia. Teresópolis, en Brasil, es otro lugar que siempre me generó mucha curiosidad. Polis (ciudad), ¿y tereso? En fin… ¿A qué debe su nombre? ¿Tal vez a un arroyo de aguas contaminadas? ¿Es la capital nacional del desagüe de aguas servidas? Muchas dudas, demasiadas. Algún día viajaré y podré evacuarlas…

¿Qué fue lo más loco que te pasó estando de viaje?
Un lugar raro que me tocó visitar fue un pueblo cerca de San Pedro, y que casi no figura en los mapas. Tiene un monumento en la plaza central que es una ensaimada. Al momento del equinoccio, como las pirámides mexicanas, un rayo de sol atraviesa el agujero que tiene el producto panificado en su centro y le pega al reloj de la iglesia. Es un momento muy esperado por muchos de los habitantes y turistas que van a ese lugar con sus reposeras de cinco posiciones a disfrutar de ese mágico espectáculo.

¿Exagero si digo que fuiste uno de los mejores marcadores de punta de la historia del fútbol y muchos no se dieron cuenta?
Estoy en la mesa chica de los laterales. No tengo dudas, me lo he ganado. Creo que el día que se haga el paseo de la fama del fútbol argentino habrá una baldosa con mi nombre. Me gustaría que esté floja y con agua para salpicar. ¿Me querés pasar? Bueno, pero te vas a ir con un recuerdo en la botamanga, como en mi época de jugador. No hay homenaje más lindo que mantener viva la leyenda.

“Fui un jugador al que siempre le quedó bien el banco de suplentes. Lo sabía lucir, lo llevaba con elegancia”. ¿Hay alguno que soñabas conocer a nivel nacional e internacional?
El del Maracaná. Además del banco de suplentes, sentía curiosidad por el teléfono público que estaba ubicado detrás de uno de los arcos. Siempre me llamó la atención llamar con ese estadio repleto. Se debe escuchar menos que una discusión entre los panelistas de TyC Sports.

Corría el año 1982, y tuviste la chance de jugar para “Resto de Chascomús” contra Atlanta. ¿Qué recordás de ese partido?
¿Que si lo recuerdo? ¡Todavía estamos esperando las camisetas! Nunca llegaron. Cada uno tuvo que salir a jugar con la ropa que tenía. Yo venía del cumpleaños del “Flaco” Rifourcat. Tenía una chomba de piqué y unos cortos, pero de jeans. Unos años más tarde, Andre Agassi llevó ese look a la cima. Hasta una latita de gaseosas lo tuvo con ese vaquero cortado. Para mí fue un poco difícil moverme, pero hubo compañeros que la pasaron peor, como el 9 que jugó con un pantalón de vestir y camisa, o el arquero que atajó con los guantes de látex del masajista. Fue histórico, la foto aún da gracia.

“La magia es saber pegar y lastimar sin que se note. Un buen golpe, un crack, es música para mis oídos”. ¿Hay algún jugador actual o del pasado al que te hubiese gustado darle una buena patada?
A Cristiano Ronaldo. También a un par de actores por algo que pasó en un partido a beneficio, pero no quiero entrar en polémicas. Tal vez a Gabriel Corrado. No me hizo nada, de celoso nomás, porque esos ojos siempre le gustaron a Mabel.

¿Cuál sentís que es tu lugar en el mundo?
Tapiales, y mirá que conocí lugares gracias al fútbol… Yo fui a Mar del Plata, Pergamino, Tandil y casi juego en Córdoba, pero sin dudas elijo a Tapiales. Acá tengo todo y fiado garantizado. Me gustaría tener las Cataratas cerca o ver la nieve, pero bueno, no se puede todo en la vida.

¿Sos de animarte a probar la gastronomía típica de cada región?
Sí, y es algo que mantengo desde mi época de jugador. Una de las grandes ventajas de ser suplente es poder comer un buen plato con tranquilidad la noche anterior, el día del partido o incluso durante el encuentro, en el banco de suplentes mismo, por tener la certeza de que no te toca entrar. Recuerdo un amistoso con Ciclón Racing en Santa Fe. Por el hueco del alambrado me pasaron un sándwich de vacío con un chimichurri maradoniano de la zona. Fue top 3 para mí. Antes peleaban el primer puesto el de la cancha de Patronato y el de mi tío Victoriano Ludueña. Igualmente me hubiese gustado viajar a otras culturas y comer algún insecto como hace Marley. En El Litoral, por ejemplo, pedís un mosquito relleno y es para compartir. Comen dos, pican cuatro.

¿Qué reflexión hacés del turismo?
Es una gran actividad. Creo que hasta debería proponerse como premio en los torneos de fútbol. Además de la copa, te ganaste un viaje con todo pago a las Cataratas. Incluso para los que descienden: cinco días en Los Cocos. A los planteles les hace muy bien viajar.

La última: ¿cómo te definís como viajero?
Buen viajero y mejor copiloto. Me gusta la ruta para recordar y para pensar, siempre y cuando no esté manejando. Soy un gran compañero de viaje. Cebo mates, me bajo en las estaciones de servicio y compro un saladito, un bizcochito agridulce, unos caramelitos de menta Cristal. Siempre tengo a mano monedas para recargar el termo de agua caliente, cambio para los peajes, o un repasador, por si hay que desempañar o poner en la ventanilla si el sol pega de costado. Mantengo aclimatado el ambiente y hasta musicalizo los viajes. También me llevo los CD’s con cuentos de Luis Landriscina.

Los tips viajeros de Eber
• Si no estás acostumbrado a un estilo de vida así, evitá el free shop. Muchos aconsejan no hacer las compras del supermercado cuando una persona tiene hambre, porque termina trayendo más mercadería de la que necesita. Esto es lo mismo. Chocolates de medio kilo, pilones enteros de bolsitas de confites, cajas de whisky a rolete. Comprás, comprás y comprás. Claro que es tentador traer cosas que acá no se venden, y marcar tendencia con eso, como las latitas de caramelitos, pero hay que aguantársela. Ni te subiste al avión y ya te fumaste la mitad de los viáticos del mes.
• Llevá una mochila casi vacía, porque en el avión te aprovisionás al máximo: paquetitos de maní, cubiertos de plástico, mantas, almohaditas (que después no le sirven ni a las muñecas Barbie) y los auriculares. No importa que las fichas no coincidan con la de ningún aparato que vos tengas en tu casa. Te las llevás igual.