jueves, 1, octubre, 2020

Adrián Barilari, voz emblema de Rata Blanca, habló con Mensajero Plus acerca de sus experiencias de viajes, hizo un repaso de su trayectoria y mostró su faceta como catador de vinos. 

¿Cómo arrancaste el año?
Bien por suerte, y más si tenemos en cuenta todos los cambios que tuvimos en la política y en la economía en general. Si a eso le agregamos el coronavirus es algo fuerte, por lo complejo que es para todos. Tuve mucho trabajo en el verano con Canciones Doradas, el formato al que me dedico mientras alterno con Rata Blanca. Recorrí muchas partes de la Argentina viajando y tocando antes de la cuarentena.

¿Qué te llevó a hacer el álbum “Canciones Doradas”?
Yo fui conocido por Rata Blanca y por el metal, el hard rock clásico. Son muchos años de carrera, pero yo canto desde muy pequeño en realidad. En mi juventud escuché músicos de las décadas del ’70, ’80 y ’90. Con ellos aprendí muchísimo, fueron una influencia importante en mi carrera musical, así que “Canciones Doradas” fue una especie de homenaje a gusto personal. 

¿Qué cantantes escuchabas?
A los 12 años me fascinaba Tom Jones. Creedence es otra banda que me gustaba mucho. The Beatles y Pink Floyd también me acompañaron durante varios años. Nunca podía entender de qué hablaban las letras, siempre tuve esas incógnitas. 

Tu tío tocaba el bandoneón y cantaba tango. ¿Fue tu mentor?
En realidad, me llevó para el lado de la interpretación. Gracias al tango aprendí a entender, porque cantar no es abrir la boca solamente. Eso me ayudó muchísimo de chico, desde los 5 años, imaginate. Era un juego, obviamente. A mi familia le parecía hasta divertido que yo cantara con esa edad, pero evidentemente tenía buena entonación, oído y voz. Después fui creciendo y me fui metiendo en el rock de barrio, digamos. Mi hermano tocaba la guitarra y tuvo bandas de rock también, así que todo el tiempo estaba rodeado por la música.

¿Cómo se dio tu llegada a Rata Blanca?
A los 29 años tuve la oportunidad de participar en “Magos, Espadas y Rosas”. En términos futboleros, la pretemporada de 15 años que hice me sirvió para afrontar todo lo que venía. Llegué a Primera con una edad “adecuada”. 

Siempre se dice que en la música hay muchos excesos. ¿Cómo abarcaste el tema?
En la década del 80 el rock en Argentina se estaba redescubriendo. Hubo un gran florecimiento de bandas importantes, y detrás de eso había un gran negocio que los músicos no conocían. Entonces era bastante difícil abrirse un camino, y cuando tenías una ventana abierta, te mandabas para mostrar lo que tenías, y te terminabas olvidando del negocio. Había muchas tentaciones, y se tomaban pocos recaudos también. 

¿Creés que se mejoró en este aspecto?
Hoy es más claro el panorama, porque existe Internet. En aquel entonces todo pasaba por los managers o compañías discográficas a las que no les interesaba el rock. Era complicado, muy difícil. Si me hubiese agarrado a los 20 años, me hubiese importado muy poco lo que pasara con mi vida, porque era libre de hacer lo que quería. En cambio a los 30 yo ya estaba casado, tenía un hijo, así que tenía que volver a casa y tener los pies sobre la tierra. Estaba más preocupado por mi familia que por ser exitoso.

¿Cómo surgió la idea de “Barilari Wines”?
(Se ríe). Eso fue en una gira con Canciones Doradas en Mendoza. Me invitaron a conocer una acetaia, la olivícola Laur. Hoy en día el CEO es amigo mío, pero en aquel entonces, en un almuerzo para toda la banda, nos hizo probar sus productos, entre ellos muchos vinos de Maipú. En una charla, su mujer atinó a preguntarme por qué no tenía mi propia marca de vinos, y le respondí que yo lo compro y lo tomo, nada más (risas). Al parecer se había puesto de moda que los rockeros tengan su propio emprendendimiento vitivinícola, pero lo tomé como algo superficial. Insistieron mucho, después me gustó la idea, me hicieron conocer bodegas, y salió “Barilari Wines”, con un primer corte de malbec. En vez de tener estatuillas en una vitrina, tengo esta hermosa bebida y me la tomo. Fue muy divertido. Soy el único artista de rock que tiene las tapas de los discos en los vinos.

¿De qué manera repercuten los altibajos de la economía en las giras?
Rata Blanca es una banda que tiene 30 años, y esa antigüedad es la que le permite salir del país. Somos reconocidos en toda Latinoamérica, Estados Unidos y España, entre otros, así que tenemos un historial importante, con muchos discos y canciones. Está todo muy complicado en Argentina, incluso me parece que es más difícil trabajar acá que afuera. Siempre digo que si Rata Blanca hubiese sido una banda inglesa o americana, yo hoy estaría viviendo con una o dos Ferrari en un castillo. Vendimos más de dos millones de discos, la estadística dice que fue así. 

¿Cómo vas a afrontar los lanzamientos que tenías en mente con el avance del coronavirus?
Hoy los formatos discográficos prácticamente no existen, actualmente todo el material va por las redes sociales. Hay una acción que se puso de moda últimamente que es ir largando tema por tema y no todo junto. De esta forma el público lo disfruta de otra manera, porque va descubriendo de a poco las canciones y lo puede escuchar en cada una de las giras. Hoy en día por el coronavirus somos países individuales. Se cerraron los puertos y las puertas de acceso a la Argentina. Es complicado, pero creo que dentro de unos meses va a pasar

Al momento de viajar, ¿sos de darte algún gustito con la comida? ¿Sos de probar los platos regionales? ¿O preferís ir a lo seguro?
Depende, mitad y mitad te diría. Turquía era jugársela, por ejemplo. En algún momento terminé comiendo pizza ahí, imaginate. Igualmente tengo algunos lugares reconocidos. Por ejemplo, en Estados Unidos hay un restaurant que me encanta que se llama Carmine’s. Es de la época de los ’40, de los matones de la Ley Seca. Es muy conocido por sus pastas. Hacen unos fideos con albóndigas que son increíbles. El estilo es bien italiano, con la decoración de aquella época, y los mozos vestidos para la ocasión.

¿Te gusta tener todo planificado? ¿O preferís que el destino te sorprenda?
Al principio me gustaba tener todo armado y que todo esté bien, que no falle nada en el hotel, en el auto, en todo. Después con el tiempo me di cuenta que a veces tanta planificación te ata. Hoy prefiero un pueblo chiquito y desconocido en vez de meterme en una gran ciudad. De hecho no me gustan los lugares que tienen tanta gente.

¿Se puede hacer turismo en medio de una gira?
Las giras son difíciles, porque no conocés, no podés hacer turismo. Cuando toca trabajar, llegás a una ciudad, a un país, en horarios complejos, así que por lo general vas para el hotel, dormís, te levantás para probar el sonido, vas a tocar, y al día siguiente viajás para ir a otro lugar. Rara vez hay tiempo libre, y remarco esto porque los tiempos muertos son caros en cualquier parte del mundo. 

¿Tenés algún recuerdo puntual que te lleve a un viaje?
Sí, me acuerdo que me junté con unos amigos en mi casa. Yo cumplía 50 años, y ellos querían saber qué país tenía ganas de conocer. Yo había viajado bastante poco hasta ese entonces, más que nada recorría Argentina y Latinoamérica con Rata Blanca. Cuando era más chico jugaba mucho a los juegos de carreras de autos, y la pista de Mónaco la conocía de punta a punta. Sabía cómo eran las curvas, hacia dónde iba cada una, el puente, el túnel, hasta podía imaginarla. Así que les dije, en chiste, que soñaba conocer este lugar. Sin embargo, el 11 de noviembre de 2009 lo pasé en Mónaco, porque me llevaron ellos. Lloré, porque hice el recorrido que tenía en la cabeza. Era tal cual lo había soñado. 

¿Qué te impactó de Mónaco?
Ver la estatua de Juan Manuel Fangio fue increíble. El Principado parece que está fuera de este mundo. Ya fui dos veces, y volvería a ir, porque me encanta esa ciudad. Se huele riqueza, se huele paz, y no hay forma de estar mal. Es totalmente distinta a los lugares que visité. Es chiquita, pero no me canso de recorrerla. Es una de los íconos que más admiro.

¿Sentís que es tu lugar en el mundo?
No, no encajaría yo ahí. Está bueno para estar unos días y conocer todo el lujo. Hay ciudades que sí considero que pueden serlo, como Madrid, por ejemplo. Me encanta, quizás por el idioma o porque somos parecidos. Panamá es otro país que me gusta muchísimo, por el clima principalmente. Tengo amigos allá, fui varias veces. De todas formas no cambio a la Argentina. 

¿Por qué?
Si me voy de vacaciones por 20 o 25 días, o si me voy de gira, empiezo a extrañar mucho. Los argentinos somos muy arraigados a lo nuestro. Nos gusta el lío, las canchas, las peleas y los problemas en general. 

¿Preferís viajar en avión o en un crucero?
Yo viajo mucho en avión por trabajo, y llegué a odiar los aeropuertos, son bastante complejos, se pierde mucho tiempo ahí. Prefiero viajar en un crucero, porque te da la posibilidad de estar más relajado.

¿Qué lugares de Argentina te apasionan?
Me encanta Córdoba. Es un destino para redescubrir todo el tiempo, es increíble. Ushuaia me gusta muchísimo también. Jujuy es otra provincia espectacular. Creo que los dos extremos del país tienen magia. No puedo describir con palabras a Purmamarca, es maravillosa.

“En los ’90, cuando viajaba, yo quería volver a Buenos Aires porque era Europa en el sur”, dijiste hace un tiempo. ¿En qué consiste esa comparación respecto a cómo ves el país hoy?
En aquel entonces iba mucho por Latinoamérica, y también fui a Europa. Argentina, por su estructura, por su parte edilicia, sus formas, es muy parecido al Viejo Continente. Somos hijos de descendientes de italianos, franceses, españoles… Estando en Madrid sentía que estaba en Avenida Corrientes y 9 de Julio. En ese momento veía cómo estaban otros países, y tenían problemas económicos, guerrillas, pobreza y demás. Argentina en los ’90 estaba mucho mejor que ahora. Lamentablemente con el correr de los años fui viendo la transformación, porque Argentina empezó a ser un país más de Latinoamérica, cuando antes se separaba del continente.

¿Por qué creés que se dio este cambio?
Porque teníamos una visión distinta del mundo. Había otra perspectiva y estábamos mucho mejor plantados. Supongo que en los ’80 estábamos aún mejor. Fuimos decreciendo en calidad y cantidad, y me parece que perdimos el rumbo como país por diferentes motivos. La debacle que vino después impide que nos podamos sostener en el presente. Amo a mi país, lo adoro, pero siento que quedamos desorientados en los últimos años.

Da la sensación que Argentina podría ser una potencia a nivel mundial, y no lo es…
En su momento lo fuimos. Tenemos todos los recursos, pero no los explotamos, los vendemos. Pasó con la minería, perdimos trenes, tierras y hasta credibilidad. Lo que desaprovechamos nosotros lo agarran otros. Quizás seamos los culpables de lo que pasa y no podemos echarle la culpa solamente a nuestros gobernantes. Por algo el argentino no es querido en otras partes del mundo. Es agrandado, y es una realidad, yo lo viví. ¿Sabés lo que es llegar a otro país y que te miren de costado? No les gusta ni cómo hablamos.

¿Creés que sectores como el turismo y la música pueden trabajar juntos para beneficiarse mutuamente?
Si el vino o el fútbol van de la mano con la música hoy, creo que sí. Todo es un negocio, después hay que ver si es rentable o no. Hicimos trabajos para gobernaciones, ciudades que se relacionan con el turismo. Tenemos distintos tipos de festivales anuales en los que la actividad se dispara gracias a la música. El turismo es muy importante para el funcionamiento de un país.

¿Qué reflexión final hacés del turismo?
El mejor dinero invertido es el de los viajes. Lo más lindo que me llevo en esta vida es haber conocido lugares increíbles que pensé que jamás iba a visitar. Conocí pueblos, idiosincrasias, formas de vida y maneras de tomar la vida. Estuve en lugares donde me recibieron como un rey solamente por ser turista, y en otros me pasó todo lo contrario. La mejor forma de vivir es conociendo, y el turismo forma parte de ello.