sábado, 26, septiembre, 2020

Gastón Cocchiarale, actor que interpretó a David Lowenstein en “Argentina, Tierra de Amor y Venganza” mostró su faceta viajera en una entrevista exclusiva con Mensajero Plus.

¿En qué momento de tu vida estás?
Estoy en una etapa muy linda, y la disfruto mucho. Hasta el mes pasado formé parte de “Argentina, Tierra de Amor y Venganza” (ATAV), una novela maravillosa. La tira generaba un poquito de cansancio, porque demandaba muchas horas de trabajo, sin contar el tiempo que le dedico al teatro. Casi siempre estoy “on fire” todo el día, pero estoy muy feliz.

No tenés mucho tiempo para descansar…
Muy poco. Hubo días donde arrancaba a grabar a las 7 de la mañana, después de varias horas participaba de algún reportaje, luego ensayaba en el teatro, terminaba y me iba a alguna reunión entre amigos. Fue una época en la que no paraba, por eso disfruto mucho de los momentos que puedo pasar en mi casa tranquilo, descansando con mi novia y mi perra.

Por momentos, parecería que tu día no es de 24 horas…
Sí, la verdad que sí. Llega un punto en el que digo “¿dónde entró todo lo que hice en 24 horas?”. Si uno se organiza y le pone garra, se puede, y más cuando se relaciona con algo que te genera placer y te gusta como la actuación, por ejemplo. El 2019 pasó volando, no puedo creer que ya haya comenzado un nuevo año.

¿Qué significa para vos haber formado parte de un éxito como ATAV?
Sentí mucho orgullo, principalmente porque la peleé mucho durante toda mi vida. Tuvimos la suerte de que el público nos acompañó, porque se volvieron realmente fanáticos de la tira. Es todo un logro seguirla día a día, y más con la aparición de las plataformas de streaming, con las que la gente consume a la hora que quiere el producto ficcional.

¿Qué te genera el hecho de ver que las personas volvieron a estar pendientes de lo que pasa en una novela de televisión?
Me encanta, porque genera un interés genuino, y multiplican las ganas de compartir el producto con todas las familias. Para mí fue un  honor formar parte de esta novela tan linda, que además creó un gran equipo de trabajo. A veces pienso que no cualquiera se anima a estar 12 horas por día con el mismo grupo de gente, durante casi 11 meses, y nunca tuvimos un roce, al contrario.

Imagino que no debe ser fácil compartir camarines con tantas personalidades de renombre, y ustedes supieron congeniar entre todos…
Totalmente. ATAV tenía un elenco de figuras: Benjamín Vicuña, Albert Baró, Lucía Chávez, María Eugenia “China” Suárez, Gonzalo Heredia, Fernán Mirás, Andrea Frigerio y Virginia Innocenti, entre otros. Yo pertenezco más al teatro independiente, al igual que Ariel Pérez de María, quien interpretó a Alí, o Flor Diesel que hizo de Sara, mi mujer.

¿Cuál es el secreto para formar un gran equipo de actuación?
Venimos de diferentes lugares, pero todos congeniamos en contar lo mejor posible esta historia para disfrutarla. Somos actores, y los egos siempre están presentes, pero están puestos a disposición del trabajo. Por eso no se generó ningún problema, al contrario. Por supuesto que tuvimos discusiones laborales como puede haber en cualquier grupo humano, pero peleas o problemas extra no hubo nunca, y eso nos lo hicieron saber los productores de Polka, porque hace tiempo que no tenían un grupo humano como el nuestro.

Hace tiempo que no pasaba esto de estar “pendientes” de una novela nacional. ¿Cuál es el click que faltaba en el público?
ATAV fue un producto que se empezó a grabar dos meses antes del primer capítulo. Eso no es habitual en las tiras diarias, sobre todo en las de antes. La inversión de parte de Polka y Canal Trece fue muy costosa, tanto en locaciones como en vestuario y elenco. Igual, creo que lo más importante son los libros. El otro día leí a un productor de Hollywood que decía que la clave del éxito es primero el libro, segundo el libro, y tercero el libro. Es importante para trabajar, porque cuando hay una buena historia para contar todo fluye para que el proyecto sea un éxito.

¿Creés que la segunda temporada de ATAV fue una buena decisión?
Sí, por supuesto. Refrescaron un montón la historia, se sumaron nuevos actores, y hace que el público todavía siga pendiente de la tira. También sirvió para reafirmar a los personajes secundarios. Me pasó a mí con Lowenstein, y a varios de mis ex compañeros.

¿Qué tenés en común con tu personaje? ¿En qué se parecen?
Hay un punto que me conecta mucho, que es hacer las cosas a pesar del miedo. Desde el comienzo de la novela Lowenstein se perfiló como alguien religioso, observado por un Dios, por la culpa y la moral. A pesar de esto, se animó a robar debajo de los túneles, y ayudó a sus amigos. En general, en mi vida, cuando tengo miedo en algo voy para adelante. No me importa nada.

¿Cómo sería tu vida si vivieras en la época de la novela?
Creo que hubiese sido intenso. Había temáticas muy fuertes en aquel entonces, como la inmigración que llegó a nuestro país, los mandatos, el casamiento, la familia, y los valores de la familia que estaban tan impuestos. Supongo que estaría inmerso en ese mundo de gente trabajadora, como fueron mis abuelos. Había poco tiempo para disfrutar y para la familia.

Hablemos de turismo. ¿Te gusta Argentina como destino?
Recorrí menos de lo que quise. Me tendría que hacer un tiempo para viajar un poco más. Soy fanático de la Patagonia, me gusta muchísimo San Martín de los Andes. Es un lugar que adoro al que intento ir cada vez que puedo, sobre todo en verano. Me gusta recorrer las rutas arriba de mi auto. Argentina tiene unos condimentos que no sé si otros países los tienen.

¿Qué otros lugares pudiste recorrer?
Fui a San Luis cuando era muy chico, estuve en Bariloche, Concordia, y mi meta es conocer más el Norte. Me lo debo bastante. Sueño con ir a Mendoza, San Juan, Jujuy, e ir más para arriba.

¿Playa o montañas?
Montaña, toda la vida. A mí no me gusta el sol, así que me cuesta estar expuesto. La cantidad de gente en la playa me pone muy nervioso. Una de las excepciones la hago con Mar de las Pampas, un lugar súper tranquilo. Otra es Cariló, intento esquivar todo lo urbano. La tranquilidad de la montaña me enciende muchísimo.

¿Tuviste la posibilidad de viajar al extranjero?
Afortunadamente sí. Estuve en Estados Unidos con mi familia, y viajé a Europa con un amigo durante un mes. Pude conocer Madrid, Barcelona, Londres, París, Niza, Cannes, Mónaco y Venecia.

¿Qué actividades hiciste allá?
Europa tiene esa mezcla entre lo antiguo y lo moderno, un poco como Buenos Aires. Me apasionó salir del país y recorrer otros mundos. Soy fanático de percibir cuál es la cultura de cada lugar que visito. Uno de mis hobbies es conocer teatros. En Londres estuve todos los días en Piccadilly Circus, es una maravilla. También me detuve mucho en la arquitectura, y me atrapó La Sagrada Familia en Barcelona. Casi me largo a llorar de la belleza de ese lugar.

¿Te gusta tener todo planificado? ¿O preferís que el destino te sorprenda?
Ambas. Este viaje del que te hablé lo armé con bastante tiempo de anticipación, con hoteles y días en cada lugar. Allá era invierno, hacía bastante frío, y cometimos el pecado de ir a la Costa Azul (Niza, Cannes y Mónaco). Ahí improvisamos y alquilamos un auto para ir a Venecia, ubicada a 800 kilómetros aproximadamente. Manejamos un día entero, y aprovechamos los tres días que nos faltaban para volver al país.

¿Te animaste a probar platos típicos de cada región?
Sí, por supuesto. Investigo mucho la gastronomía de cada país que visito. Voy a todos los restaurantes que puedo, y me gusta ir con plata para gastarla ahí. En Londres me animé a comer el “fish & chips”, que ya sé que no es algo “wow, pero es como venir a Argentina y probar el choripán. En París probé varios quesos. En Italia degsté las pastas. Mi papá es cocinero, y tiene un restaurant de cocina italiana (Maledetto Trattoria – Rosales 225, Ramos Mejía), así que comer allá era una parada obligatoria.

¿Hay alguna comida que te guste más acá que en otro país?
La pizza, sin dudas. En Italia las preparan finitas, sin queso prácticamente. Le falta mucha onda. Ellos la inventaron, pero nuestra versión es mejor. Cualquiera va a una pizzería típica de Avenida Corrientes y te deleitás al solo ver grandes cantidades de mozzarella.

Hablamos de comidas, pero no de las bebidas. Contame un poco sobre todo lo que tomaste…
Oh, bien, bien… ¡Muy bien! (Risas). En Londres recorrí varias cervecerías, me gusta mucho esa onda de los pubs. La gente sale de la oficina y va directo a tomar cerveza. Estuvimos tan borrachos que fue increíble el intercambio de culturas e idiomas entre nosotros. Probé varios vinos en París, también. No me puedo quejar.

¿Cuál sentís que es tu lugar en el mundo?
Argentina, sin dudas. Cuando me preguntan si haría un proyecto afuera, siempre remarco que me iría si es solamente por dos o tres meses como máximo. No sé si viviría en otro país. Me siento muy cómodo acá, porque hay algo del “calor interno” nacional que me atrapa. Para los extranjeros, venir a Argentina es sentirse como en casa.

Una de tus pasiones es el teatro. ¿Te gustaría escribir o dirigir algún proyecto de actuación enfocado en viajes o relacionado al turismo?
Sí, por supuesto. Tendría que ver la historia que quiero contar, y cómo relatarla.

¿Qué le encontrás de interesante a los viajes para armar una obra?
Los viajes tienen algo que nos modifica. Es ver, sentir, transitar, para volver de una forma completamente diferente. No me refiero tanto a los viajeros de placer para descansar, más bien apunto a esas experiencias en las que los turistas van a recorrer y a conocer nuevas regiones. No hay nada más atractivo en teatro que ver un personaje renovado que se va modificando. Lo mismo nos pasa a los seres humanos al regresar de un viaje.

¿Creés que se puede relacionar al turismo con el arte?
Claro que sí, tienen un vínculo muy importante. Estados Unidos lo supo aprovechar muy bien al mostrar su idiosincrasia y sus lugares. Creo que eso le falta un poquito a Argentina, principalmente en la industria cinematográfica y televisiva. Tenemos que mostrar más nuestro país, con todos los atractivos que podemos ofrecer.

¿Qué reflexión hacés sobre el turismo?
El turismo es una actividad que enriquece al ser humano. Lamentablemente, somos unos pocos los privilegiados que podemos hacerlo. Todo el mundo tendría que tener derecho a practicarlo.