domingo, 27, septiembre, 2020

Isabella Bird fue una viajera en solitario, ¡a fines del siglo 19! Rompiendo con todos los esquemas preconcebidos recorrió el mundo y se convirtió en la primera mujer en ingresar a la Royal Geographical Society de Gran Bretaña. Así vió ella el Japón de entonces.

“Como voy a ser la primera mujer extranjera en viajar sola por el interior del país, por el Japón inexplorado, puedes imaginarte la curiosidad amistosa que mi proyecto está suscitando entre mis conocidos, de los cuales recibo muchas advertencias y palabras disuasorias, pero escasas expresiones de ánimo”.
Isabella Bird

Carta 1
Hotel Oriental, Yokohama. 21 de mayo [de 1878]

Tras dieciocho días mecidos sin parar en los brazos de la desolada superficie de mares lluviosos, ayer temprano por la mañana apareció «la ciudad de Tokiyo» detrás del cabo Rey y a mediodía navegábamos por el golfo de Yedo, bastante cerca de la costa. Era un día suave y gris con un cielo de tonos ligeramente azulados; y, aunque el litoral de Japón es mucho más atractivo que la mayoría, ni los colores ni las formas del mismo me depararon sorpresas sobrecogedoras. Del borde del agua se yerguen cadenas de montes boscosos separados por profundos barrancos, mientras que aldeas grises y de tejados de pronunciada pendiente se apelotonan cerca de donde mueren las quebradas. Los bancales, dedicados al cultivo del arroz y brillantes con el mismo verdor del césped mejor cultivado, ascienden hasta una gran altura en medio de oscuras masas forestales. Resulta muy impresionante la densidad demográfica de la costa. Asimismo, el golfo aparece por todas partes poblado de barcos pesqueros, cientos de los cuales, o más bien miles, dejamos atrás al cabo de cinco horas de navegación. La costa y el mar presentaban tonos pálidos, y pálidas también se mostraban las embarcaciones con sus cascos de madera sin pintar y las velas de dril inmaculadamente blancas. De vez en cuando aparecía un junco de proa alta deslizándose como un galeón fantasma; entonces nuestro vapor aminoraba la marcha para evitar el exterminio.

Llevaba mucho tiempo deseando en vano contemplar el monte Fuji a pesar de haber escuchado exclamaciones arrobadas de mis compañeros de pasaje, hasta que, al mirar por accidente hacia el cielo y no hacia el este, distinguí a lo lejos y más alto que cualquier posible elevación, un inmenso cono truncado de nieve pura. Sus 3.986 metros sobre el nivel del mar ascienden en dos gloriosas curvas, muy delicadas, recortándose sobre un cielo de palidísimo tono azul, y manteniendo la base y el paisaje intermedio velados por una descolorida bruma gris.

Fue una visión maravillosa apenas vislumbrada pues desapareció unos instantes después. Con la excepción del cono de Tristan de’Acunha, también nevado, nunca había visto una montaña erguirse con tal majestuosa soledad, sin tener nada, ni cerca ni lejos, que le restara altura y grandeza. No es de extrañar, por tanto, que sea considerada sagrada y tan entrañable para el pueblo japonés que sus artistas nunca se cansan de representarla. La primera vez que la vi estaba a casi ochenta kilómetros de distancia.

El golfo se estrechaba haciéndose más visibles los montes de arboladas crestas, los bancales de las quebradas, las pintorescas y grises aldeas, la tranquila vida de la playa y las masas de tenue azul que formaban las montañas del interior. El monte Fuji se retiró tras la niebla dentro de la cual despliega su magnificencia durante casi todo el verano. Dejamos atrás la bahía del Recibimiento, la isla Perry, la isla Webster, el cabo Saratoga y la bahía Misssissippi —nomenclatura estadounidense que perpetúa los éxitos de la diplomacia norteamericana— y no lejos de la punta del Tratado avistamos un buque-faro de color rojo con las palabras «punta del Tratado» inscritas en grandes letras. Aparte de esta embarcación, no se permite aquí atracar ningún barco extranjero.

Cuando atracó el barco, enseguida fuimos rodeados por una multitud de botes nativos, llamados por los extranjeros sampanes; y el doctor Gulick, pariente lejano de uno de mis amigos de Hilo, que había subido a bordo para recibir a su hija, me dio una cordial bienvenida y me libró de todas las molestias de los trámites del desembarco. A pesar de lo destartalado de su aspecto, estos sampanes son guiados con gran destreza por los barqueros los cuales daban y recibían choques entre sus respectivas embarcaciones con buen humor y sin los gritos ni las injurias que suelen oírse de los barqueros de otros países cuando compiten entre sí.

En la posición de pie los barqueros guían sus pequeñas naves con una espadilla que apoyan en los muslos. Llevan todos una única y ligera prenda de vestir de algodón azul de anchas mangas, que no está ceñida ni atada a la cintura, y calzan sandalias de paja sujetas por una correa que pasa entre el dedo gordo y los otros dedos del pie. Se cubren la cabeza con un paño también de algodón azul atado alrededor de la frente. La única prenda de vestir del tronco, que no pasa de ser una excusa para no ir desnudos, deja a la vista un pecho hundido y unas extremidades enjutas. En la piel muy amarilla de sus cuerpos se tatúan animales de su propia mitología.

Lo primero que me impresionó al pisar tierra fue la ausencia de vagabundos y que todas las personas que vi en la calle se hallaban ocupadas en algo. Todas eran pequeñas, feas, zambas, de aspecto pobre pero amable, hombros redondos, pechos hundidos y piel reseca. En lo alto de la plataforma de tierra, había un restaurante ambulante, un bonito mueble de lo más compacto, con su cocina de carbón y un completo utillaje para cocinar y comer.

Parecía haber sido fabricado por y para muñecas, y el hombrecillo a cargo no medía más de metro y medio. En la Aduana nos atendieron funcionarios igualmente diminutos enfundados en uniformes europeos de color azul y botas de cuero: criaturas muyeducadas que después de abrir y examinar minuciosamente nuestros baúles, volvieron a cerrarlos y atarlos con correas. ¡Qué agradable contraste el de estos hombres con los insolentes y rapaces funcionarios que hacen el mismo trabajo en Nueva York!

Fuera había unos cincuenta carritos llamados jin-ri-ki-sha, tan populares ahora, en medio de un aire lleno del zumbido producido por la rápida repetición de esta tosca palabra pronunciada en cincuenta lenguas. Este vehículo de tracción humana, como sabes, constituye una imagen emblemática del Japón de hoy y su importancia no deja de crecer de día en día. Fue inventado hace solo siete años y solo en esta ciudad ya debe de haber casi veintitrés mil. Los hombres que lo conducen ganan mucho más que en otro oficio cualificado; tanto es así que miles de jóvenes vigorosos abandonan el campo y acuden en tropel a las ciudades para convertirse en animales de tiro, a pesar de que, según se dice, el promedio de vida de un hombre desde que se dedica a correr tirando de este carrito es solo de cinco años, pues muchos no tardan en caer víctimas de graves afecciones pulmonares y cardiacas. En una superficie más o menos llana, un buen conductor de estos carritos puede trotar casi sesenta y cinco kilómetros al día, a una velocidad media de poco más de seis kilómetros por hora. Todos los vehículos están registrados y los que tienen capacidad para llevar a dos personas pagan un impuesto anual de casi dos yenes, un yen si solo pueden transportar a una. Están sujetos a tarifas fijas dependiendo del tiempo que tardan y de la distancia recorrida.

El kuruma o jin-ri-ki-sha4 consta de un chasis ligero como el de un carrito de bebé, con una capota ajustable de papel impermeable, de una tapicería de terciopelo o tela en el interior, de asiento con su respaldo, de espacio para el equipaje debajo del asiento, de dos ruedas altas y delgadas y de un par de lanzas o varas unidas en los extremos por una barra. La carrocería del vehículo suele estar lacada y decorada según el gusto del propietario.

Algunos muestran escasa ornamentación a no ser por remaches de latón bruñido; otros tienen incrustaciones de conchas conocidas como orejas de Venus, mientras que los hay también pintados llamativamente con dragones contorsionados o ramos de peonías, hortensias, crisantemos y figuras mitológicas. Las dos lanzas se apoyan en el suelo formando un ángulo agudo cuando el viajero sube al vehículo, acción que requiere mucha práctica si se desea ejecutar con soltura y dignidad. Después, el conductor eleva las lanzas. Se coloca entre ellas, retrocede ligeramente y echa a correr tirando del carrito. Dependiendo de la velocidad deseada por el pasajero, este puede ser tirado por uno, dos o tres hombres.

Cuando llueve, se extiende la capota hasta cerrar todo el interior con lo cual el pasajero se hace invisible desde fuera. Por la noche, cuando el vehículo se desplaza o está parado, estos kurumas llevan faroles circulares de papel de poco menos de medio metro de alto y pintados en atractivos colores. Resulta de lo más cómico ver a corpulentos y rojizos comerciantes, misioneros, hombres y mujeres, señoras vestidas a la moda, agentes chinos y campesinos japoneses de ambos sexos ser transportados en volandas en estos carritos, todos ellos felizmente inconscientes del ridículo aspecto que muestran corriendo, persiguiéndose, cruzándose unos con otros, zarandeados de allá para acá por unos conductores enjutos, corteses y agradables tocados de grandes sombreros semejantes a cuencos invertidos, ataviados con incomprensibles pantalones cortos de color azul y blusones igualmente azules en los que se ven impresos blancos caracteres chinos y blasones, hombrecillos de amarillos rostros chorreantes de sudor, que ríen y vociferan mientras evitan chocar entre sí por puro milagro.

Después de visitar el Consulado británico, monté en uno de estos kurumas y, con otras dos señoras que tomaron sendos vehículos, me dejé llevar a una velocidad furiosa por un hombrecillo que no hacía más que reír. La calle principal que recorrimos era estrecha, pero todo a lo largo estaba bien pavimentada, flanqueada de aceras bien tendidas, con bordillos, alcantarillas, farolas de hierro con luces de gas y tiendas de productos extranjeros. Llegamos a este tranquilo hotel recomendado por Sir Wyville Thomson, un refugio del parloteo gangoso de mis compañeros de travesía todos los cuales han partido a los grandes almacenes del paseo marítimo de la ciudad.

Casi tan pronto como llegué, me vi obligada a aventurarme en busca de la oficina del señor Fraser en el barrio residencial extranjero. Y escribo bien «aventurarme» pues aquí las calles no tienen nombre y los números dan la impresión de haber sido escritos al buen tuntún. Para colmo, por las calles no encontré a ningún peatón europeo al cual poder preguntar. Yokohama no invita a ser más conocida y su aspecto es mortecino. Es irregular sin ser pintoresca, y el cielo gris, el océano gris, las casas grises y los tejados igual de grises contribuyen a que parezca condenada a un armonioso tedio.

Estoy deseando partir al Japón de verdad. El señor Wilkinson, cónsul británico en funciones, me visitó ayer y fue sumamente amable. Es de la opinión que mi proyecto de viajar al interior es ambicioso en exceso, pero afirmó que una mujer sola puede viajar con absoluta seguridad. Comparte el parecer de todo el mundo de que los grandes inconvenientes de viajar en Japón son las pulgas, de las que hay legiones, y los caballos de posta, que son una infamia.